Años 90: el principio de múltiples fines. 

Los noventa empezaron con la  caída de un muro y terminaron con la caída de dos torres. La década en que Fukuyama anunció el fin de la historia trajo consigo una serie de imperativos que distan de la sociedad disciplinaria narrada por Foucault y se aproximan de forma aterradora a la sociedad del rendimiento, descrita por Buyng-Chul Han.

No estamos sometidos a un régimen de obediencia, sino a uno de autoimposiciones: el triunfo, la belleza, la fortuna, la capacidad de cumplir, hacer más y mejor, más y mejor, siempre más, hasta estallar. Estallar como estallan los personajes de Años 90, Nacimos para ser estrellas. Una obra de teatro del grupo español La Tristura, estrenada en el 2008, que el Estudio de Actores adapta en Quito, con León Sierra y Vanessa Trujillo, como Travis, y Carolina Pérez y Daniel Guômundsson, como Klaus.
La crisis de la década se refleja en una crisis de pareja, de lo privado a lo público. Doble crisis contada también de manera doble: dos personajes y cuatro actores. Cada actor tiene un eco de un género distinto al suyo, voz duplicada que hace que el sentido del texto amplíe sus posibilidades.
El teatro del Estudio de Actores, pequeña caja negra, impone al montaje y la adaptación un desafío del cual Sierra y Guômundsson siempre salen bien librados. Recuerdo el aula/escenario donde interpretaron De hombre a hombre y ahora Años 90 tiene simplemente una estela de figuras de origami en el techo y cuatro sillas como utilería. Los espectadores se distribuyen en un cuadrado, donde se miran entre sí casi frente a frente y son interpelados constantemente por la mirada de los actores, que hablan al vacío, se enfrentan entre ellos -sin cruce de palabras- y buscan los ojos del público fijamente, llevando a cuestas un discurso imparable que roza el dolor de la lucidez.

La coreografía que Esteban Donoso construyó para los actores hace que ese vértigo de las palabras adquiera también un despliegue físico, rápido, vehemente. La actuación revela una carga de intimidad poderosa, una preparación contundente y demandante. Y las palabras del texto hablan de la crisis del VIH. De las múltiples revoluciones (fallidas todas). De ese viaje sin retorno que es irse por primera vez de casa. De la necesidad urgente de triunfar, ese deseo incontenible de reconocimiento. De esos modelos estereotipados e inalcanzables que son las estrellas. De todos los grandes muertos de quienes no hemos aprendido nada. De todo aquello que no sabemos sin valió la pena. Y como soporte y trasfondo de todo está el amor, que también es enfrentamiento, orilla donde se naufraga y se vuelve a empezar.

Parecería que los noventa, que empezaron como la década de la gran esperanza, terminaron siendo la época del reconocimiento de la inutilidad de librar cualquier batalla pública, cualquier batalla privada (resuenan ecos grunge) y parecería también que de esa década aterrizamos en la época de la gran desidia, que no logra callar el barullo permanente de una serie de preguntas sobre cómo funcionan las cosas en este nuevo mundo, que revela que las primaveras no sirven para generar grandes cambios, que las fronteras son cada vez más infranqueables y las amenazas menos contenibles; pero también revela que la esperanza no se pierde, porque a pesar de que el camino sea confuso, ese mismo entorno hace que las estrategias de resistencia se multipliquen, que los nuevos mapas sean reversibles, moldeables y conectables, las vidas más hechas a la medida.
Años 90 es una obra cargada de referencias exquisitas -de Glenn Gould a Gordon Matta Clark-, oscura, grunge y, rabiosamente contemporánea, cuestiona nuestros días, la manera en que pasamos por ellos y a pesar de ellos.

**Las fotos fueron tomadas por Ricardo Luna, agradezco a León por compartirlas.

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