El tiempo, en tiempo real

Posiblemente el jetlag sea una de las formas más brutales de sentir el tiempo. Esa despiadada sensación de ruptura en la cual la mente asimila el desplazamiento temporal, pero el cuerpo está desorientado. Con seis horas de sueño robadas, 14 horas de avión encima y sólo dos días para ver más de 300 obras de la Bienal de Venecia (2011), encontrarse con The Clock (2010) parece una broma cruel y exquisita. Aniquila cualquier pretensión de competir con el tiempo, pues la obra sólo remarca su paso delicado y feroz.

The Clock es un video de 24 horas de Christian Marclay (California, 1955), ganó el León de Oro de la Bienal y es un trabajo titánico. Esas 24 horas están hechas con retazos de escenas de películas y series de Tv, no duran más que unos segundos y tienen una referencia visual o verbal sobre el paso del tiempo. Funciona como un reloj: si en la pantalla son las 12.35, para quienes la miran, serán también las 12.35.

La obra está formada por 10 000 clips y es uno de esos trabajos que fracturan la historia del arte. A su manera, es un homenaje al cine, también es un guiño visual al día del Ulises de James Joyce o al de Mrs. Dalloway de Virginia Woolf, pero con una diferencia: el día de Marclay es una narración laberíntica que a la vez que insiste en el paso del tiempo, da cuenta de múltiples realidades tejiendo cápsulas de ficciones.
En 1993, Douglas Gordon se apropió de Pyscho, de Hitchcock y la convirtió en 24 Hour Psycho. Gordon extendió a dos cuadros por segundo los 24 cuadros por segundo de la película, haciendo una obra dolorosa, sin tensión, con cada gesto reducido a un movimiento insufriblemente lento. The Clock juega en la arena contraria y el manejo del tiempo se vuelve aún más inquietante, pues rompe con la falsedad de la duración cinematográfica de la cual hablaba Bergson, para convertirse en una obra implacable, que no permite que quien está enfrente olvide que cada minuto mirando la pantalla equivale a un minuto de su vida. Marclay, lo dijo Rosalind Krauss, convierte el tiempo real del film en el tiempo real de la espera.

Mirar The Clock es casi de igual manera experiencia estética como experiencia atlética. Tratar de ver todo es someterse a la regla de Marclay: darle un día (o ir sumando horas) y prestarse para ver una colección preciosista de escenas cinematográficas y relojes de todos los tipos posibles (de pared, en estaciones de tren y torres, relojes de pulsera y de velador, relojes robados y heredados, relojes de bombas de tiempo y todos los de James Bond…), con el inevitable desconcierto que produce mirar sin esperar trama ni desenlace. En esas 24 horas desfilan cientos de rostros y es curioso ver crecer a Robert Redford, Clark Gable, Meryl Streep, Al Pacino y otros tantos en la misma cinta.
Marclay guarda ciertas formas cinematográficas al hacer que cada hora tenga temática propia y un ritmo que navega entre las secuencias de tensión y calma, el humor y el drama. Cerca del mediodía Lola corre por las calles de Berlín (Run Lola Run), mientras Debra Winger se levanta de la cama en Algeria (The Sheltering Sky) y Leonardo Di Caprio corre para subir al Titanic (Titanic)… A las cinco de la tarde se reúnen renuncias, salidas del trabajo y escapes, a las ocho de la noche es la hora del arte, con escenas de teatros, telones, conciertos, a las diez es la hora de las mujeres decepcionadas por sus parejas. A medianoche estalla el Big Ben (V from Vendetta), a continuación Orson Wells es apuñalado frente a un reloj gigante (The Stranger) y Clark Gable corre a calmar a su pequeña hija con pesadillas (Gone with the Wind), escenas que dan inicio a las horas del sueño y el delirio de la madrugada. Las escenas sacadas de su contexto y de su tiempo se convierten en una ópera visual, una suma de cientos de días cinematográficos reducidos a uno. Un devenir entre el blanco y negro y el color, la tesitura de la imagen de las películas de los años cincuenta y las del cine actual, un entramado de diálogos que dejan de ser coherentes con su filme al entrar en la lógica del collage.

Cada clip, por más banal o plano que sea, es visualmente interesante. The Clock revela la potencia de un maestro del collage, preciso como buen relojero. A diferencia de otros artistas que se mueven en el mismo medio, Marclay siempre ha hecho su trabajo sin asistentes, pero dada la inmensidad del proyecto, tuvo que contratar a seis, que durante tres años se encargaron de recolectar imágenes, mientras él editaba en Final Cut. Tres años frente a la pantalla, en un esfuerzo descomunal de edición y recolección estética. Marclay es un experto en reciclaje. Es quizá el heredero más fiel de Robert Rauschenberg, quien mejor entendió el collage en el siglo XX. Lo suyo es el ensamblaje y la apropiación: sus materiales siempre son los trabajos visuales o sonoros de otro artista. Un dato curioso: Marclay no es cinéfilo. Tampoco de sabe demasiado de música, pero hace collages de noise (fue uno de los pioneros en la escena dj experimental neoyorquina, ha colaborado con Sonic Youth, John Zorn, Otomo Yoshihide…)
Unos peregrinan a la Meca, otros organizan sus días según el Grand Tour de las ferias y bienales de arte. The Clock es un atentado contra la prisa que gobierna a la tribu de consumidores de arte, pues para ver el video entero hay que detenerse, madrugar, trasnochar, ir sumando fragmentos o simplemente darle 24 horas. También hay que cazar las proyecciones, pues hay sólo seis copias y los screenings no son frecuentes (el verano pasado estuvo en el Lincoln Center de Nueva York). The Clock exige horas para ver las horas, en un ejercicio de resistencia monumental, que con sencillez hace de la ficción una herramienta inclemente para abrir los ojos, para sentir la tesitura de los segundos, los minutos, las horas.