La traición de lo sublime

Hay obras de arte que juegan con ventaja sobre el espectador. Están diseñadas para doblegar las defensas y producir míticos encuentros con lo sublime. Son difíciles de leer con distancia, porque desde la primera mirada aturden los sentidos y dirigen las ideas. Eso ocurre con Pollen from Hazelnut, de Wolfgang Laib (Metzingen, Alemania, 1950).
La instalación tiene diferentes versiones, la que encontré estaba en el Marron Atrium del MoMA, en invierno del 2013: un rectángulo de 5,48 por 6,40 metros cubierto con toneladas de polen de avellana. Un amarillo cálido y deslumbrante que desarma cualquier intento de distancia, que agarra el alma despacito y no la suelta.
Desde mediados de los 70, Wolfgang Laib recolecta polen, con la paciencia y la devoción de quien guarda el más preciado de los tesoros, para hacer instalaciones efímeras. Es un doctor que nunca ejerció ese oficio, porque pronto descubrió que la medicina que había estudiado no curaba ciertas enfermedades del espíritu. Así,  su obra se encuentra dentro del conceptualismo y el postminimalismo que él mismo se encarga de negar, pues lo que le interesa es la conexión entre la naturaleza y la civilización. Vuelve siempre sobre materiales naturales: cera de abejas, mármol, leche, arroz…
En Pollen from Hazelnut no sólo sobrecogen la atmósfera meditativa y el color intenso que se apoderan del Marron Atrium, sino el proceso de recolección e instalación de la obra. En el video que acompaña el trabajo se ve a Laib de árbol en árbol, recolectando el polen para luego, cuidadosamente, cernir las basuritas y envasarlo. Aparece el artista dispersando el polen en una base rectangular, en silencio y solo, sin hordas de asistentes, sin ruido, agachado y en medias, cumpliendo una tarea que tiene mucho de budismo zen.
 Para Ken Johnson, crítico del New York Times, la instalación tiene la cualidad de una pintura de Rothko que se ordena horizontalmente en el piso. Pero en esa condición que aproxima a la obra a la pintura en campo expandido, hay una concentración de sentidos más vital, más profunda que se explica así, en palabras de Laib:

“The pollen piece looks like a yellow painting, but it’s much, much more. It’s not a yellow pigment, which is very important for me. It’s the potential beginning of millions of plants. It’s the semen for the plants. And this I was interested in. It has an appearance, maybe, like a painting, but the sun is not a round ball. It’s much, much more. The sky is not a blue painting. For me, these things were somehow very important. I would have stayed as a doctor, if art was only about this color or that color.”

Entre esa condición zen, la pintura -que no lo es-, el destello del color, Laib abre una reflexión sobre el tiempo, la relación entre los humanos y su entorno, el traslado de un elemento natural al espacio del arte, en un guiño que apunta directamente a Joseph Beuys. Pero en esta filigrana hay algo incómodo. Después de sucumbir ante la belleza y el poder de una instalación tan sencilla, queda un sabor extraño, como si la obra fuera una trampa que pretende atrapar sin hacer mayores esfuerzos de seducción, como si diera por sentado que merece ser amada y admirada. Enfrentarse a Pollen from hazelnut por primera vez es rendirse. Tal vez después ponerse a pensar, buscar entresijos débiles y cuestionamientos. En 1757, Edmund Burke escribió:

“The passion caused by the great and sublime in nature… is Astonishment; and astonishment is that state of the soul, in which all its motions are suspended, with some degree of horror. In this case the mind is so entirely filled with its object, that it cannot entertain any other.” [Burke, On the Sublime, ed. J. T. Bolton. 58]

Pollen from hazelnut es una de esas obras raras que cumplen con la descripción de lo sublime de Burke, que no admiten demasiadas preguntas, pues saben de memoria todas las respuestas. Esas obras que abrazan y cazan espectadores que luego no pueden quitarse esa aura de vida infinita contenida en un rectángulo, que no pueden quitarse ese brillo de la mirada. Y la mirada nunca vuelve a ser la misma.