El absurdo de Sísifo, la resistencia de Bartleby*

“Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”

Samuel Beckett

En la sociedad contemporánea el éxito no es una opción, sino un imperativo. Las fórmulas para triunfar vienen en enlatados: libros y cursos para emprendedores, para inversionistas, para líderes… Sirve cualquier estrategia que otorgue a los involucrados una ventaja competitiva frente a sus pares. La televisión transmite 24/7 programas donde se ponen a prueba las capacidades de la gente para cantar, modelar, cocinar, en un loop infinito de personas entregadas a perseguir migajas de éxito y validación social. Ocurre en cualquier espacio y responde a una condición que el sociólogo francés Gilles Lipovetsky describió en el 2004, en su libro Los tiempos hipermodernos: “Por todas partes, se pone el acento en la obligación de moverse, en un hipercambio liberado de toda perspectiva utópica, dictado por la exigencia de eficacia y la necesidad de supervivencia. En la hipermodernidad ya no hay más opción ni más alternativa que acelerar la movilidad para no ser adelantados por la «evolución»”.[1] Esa condición abocada a cumplir modelos de eficacia y productividad adquiere un aura trágica en la mirada del filósofo Simon Critchley,

“Our culture is endlessly beset with Promethean myths of the overcoming of the human condition, whether through the fantasy of artificial intelligence, contemporary delusions about robotics, cloning and genetic manipulation or simply through cryogenics and cosmetic surgery. We seem to have enormous difficulty in accepting our limitedness, our finiteness, and this failure is cause of much tragedy.”[2]

La condición trágica de Sísifo —quien en su intento por desafiar a la muerte, fue condenado a empujar una roca en una montaña empinada por toda la eternidad— parece introducirse en los textos de Lipovetsky y Critchley. ¿Pero qué ocurre cuando la condena de Sísifo se convierte en una estrategia de resistencia? En 1942, en su ensayo El Mito de Sísifo, Albert Camus declaró a Sísifo el héroe del absurdo, condenado al esfuerzo inútil y al fracaso eterno. Pero en la aceptación de ese fracaso reside una fuente de creación y liberación, una provocación que evita los imperativos de éxito y productividad. Dentro del arte contemporáneo, Boris Groys entiende al Sísifo de Camus como un artista proto-contemporáneo, cuya tarea se acerca al arte que usa al tiempo como forma y la vida como medio: “Esta práctica improductiva, el exceso de tiempo que se atrapa en este patrón no-histórico de repetición eterna, constituye para Camus la verdadera imagen de lo que llamamos tiempo de vida –un tiempo de vida que es imposible de interpretar como una forma de ‘sentido de vida’, ‘logro vital’ o relevancia histórica.”[3]

Si la repetición eterna de la tarea de Sísifo se puede entender como una manera de burlar al absurdo de una vida destinada a desempeñar roles y satisfacer demandas infinitas, existe otro personaje que encarna la resistencia desde la pasividad: Bartleby. El escribano de Herman Melville no se relaciona con el trabajo inútil, sino con la potencialidad de la pasividad. Con su constante respuesta “Preferiría no hacerlo”, Bartleby colapsa cualquier intento de sentido y utilidad, anula el poder de la acción mediante la voluntad. Para Gilles Deleuze,  la respuesta de Bartleby no es una afirmación, tampoco una negación. “Bartleby no rechaza, pero tampoco acepta, avanza y se retira en su mismo avance, se expone apenas en una ligera retirada de la palabra.”[4]

Como herederas del espíritu de Bartleby y Sísifo, las obras que forman parte de la exhibición Sísifo: el heroismo del absurdo (Arte Actual-Flacso, abril-mayo 2013), rechazan los imperativos de éxito. En los videos que registran las acciones de Francis Alÿs, Kate Gilmore, Cinthia Marcelle y Carla Zaccagnini, la lógica del fracaso no conduce a la tragedia, sino a una placentera quietud que acepta la imposibilidad de llevar a término una tarea, a la rebeldía de usar esfuerzos descomunales para objetivos aparentemente inútiles. En sus creaciones se puede encontrar también un desencanto digno y la entrega obsesiva e hilarante a la repetición. De la misma manera en que no buscan un objetivo determinado, tampoco demandan ser comprendidas. Sus tareas se realizan simplemente porque deben realizarse y en su desarrollo se encuentra una falta de control sobre el resultado final de las acciones. Su aproximación al fracaso se ajusta a las ideas de Joel Fisher: “El fracaso tiene un origen curioso. Aparece de manera indirecta, sin huellas de cinismo, como si se crease a sí mismo. El fracaso no se planifica o se organiza, viene desde una intención externa y siempre implica la existencia otra preocupación vital.”[5]

Subvirtiendo la frase de Macchiavello, “El fin justifica los medios”, en las obras de Sísifo: el heroísmo del absurdono hay fines, sólo acciones que deben ser repetida ad infinitum, afirmando las palabras de Gertrude Stein: “el fracaso real no necesita una excusa. Es un fin en sí mismo”. Así, Cinthia Marcelle se instala en el área del dibujo en campo expandido, dejando que una  máquina JCB (475 Volver, 2009) y un camión de bomberos (Fuente 193, 2007) asuman la tarea de hacer trazos sobre la tierra. La artista no interfiere en el proceso, sólo activa el movimiento –u ordena su activación–. En estos videos, la maquinaria que dentro de un sistema de productividad es utilizada para acciones funcionales, se desplaza de su lugar habitual y entra en un ciclo de repetición: dibujar el símbolo de infinito y círculos. Las situaciones desafían el comportamiento convencional y de cierto modo recrean la estética del juego de un niño en una caja de arena, con la única diferencia de que los juguetes de la obra de Marcelle son máquinas reales, sometidas a la ejecución de un movimiento infinito, repetido también en un loop eterno.

En una orilla que apuesta por las líneas invisibles, BRAVO-RADIO-ATLAS-VIRUS-OPERA (2009-10) de Carla Zaccagnini es un esfuerzo monumental, en el cual el movimiento es casi imperceptible. Desde el mástil de un barco, una cámara filma el cruce del Atlántico hacia el Pacífico por el Canal de Panamá. El desplazamiento es imperceptible y el esfuerzo inútil se resume en una batería agotada antes de terminar la travesía. La artista se somete a las fuerzas del azar y propone al espectador una travesía imperceptible.

La tarea de Sísifo adquiere un sentido del humor dramático en las piezas de Kate Gilmore. Éstas recuerdan a un ensayo en el cual Brian Dillon analiza una idea de Deleuze,

“Nothing is more appalling, and at the same time ludicrous, than the individual condemned to the same action over and over again. But repetition, says Deleuze, is also a kind of freedom without its regular framing and punctuating insistence we could never be able to experience difference to relish the new, at all.”[6]

Kate Gilmore explora sus límites saltando en stilettos, enfrentando a una audiencia invisible que le lanza tomates o tratando de romper un bloque de cemento que atrapa uno de sus pies, muestra una actitud compulsiva por cumplir un rol, que frente al espectador se convierte en una tarea repetitiva que remarca la imposición de un deber ser y el empeño desaforado por satisfacerlo. Las acciones de ésta artista son tan trágicas como hilarantes.

Francis Alÿs hace  una apuesta por la poética, revelando la falta de poder de la sociedad para transformar un sistema, que históricamente está condenado al fracaso. Las acciones de Alÿs en los registros de A veces hacer algo no lleva a nada (1997) y Cuando la fe mueve montañas (2002), son  prosaicas y guardan una fuerte pulsión hacia la tarea de Sísifo. Entran, además, dentro del concepto de evento -desarrollado por Alain Badiou- que Simon Critchley retoma para asegurar que “un evento es aquello que llama a un sujeto hacia la existencia, hacia la creación de la verdad.”[7]Las metáforas de Alÿs procuran revelar los entresijos del esfuerzo inútil. Según el artista, generan una “suspensión de significado, una breve sensación de sin sentido que revela el absurdo de una situación y, a través de este acto de transgresión, el individuo retrocede y revisa sus concepciones previas sobre una realidad.”[8]

Sísifo: el heroísmo del absurdo contiene un sentido de negación, las obras de arte no impulsan grandes discursos, lo contrario, son ejercicios de repetición y esfuerzos sin fines evidentes.  “Nietzsche declara –escribe Boris Groys– que la única manera posible de pensar en el infinito después de la Muerte de Dios, después del fin de la trascendencia es el eterno retorno de lo mismo. George Bataille determinó que el exceso repetitivo de tiempo, la pérdida de tiempo improductiva es la única posibilidad de escapar de la ideología modernista del progreso.”[9]

La decisión de invertir tiempo en un trabajo que aparentemente no conduce a nada es una suerte de respuesta aquello que Simon Critchley llama “la demanda ética”, que es una condición impuesta por una sociedad que nunca deja de necesitar que los individuos actúen y colaboren con soluciones a cientos de tipos de necesidades que habitan en el tejido social. Dicha demanda es imposible de satisfacer y para sobrevivir sin asumir la imposibilidad de cumplir ese pedido como un fracaso, Critchley propone una distancia basada en el humor. No en el sentido de la comedia, sino desde una suerte de frivolidad táctica, que no hace de menos a la demanda social, pero tampoco se involucra demasiado, asumiendo los límites de lo que se puede hacer y lo que no, así, Critchley asegura que “el humor hace un llamado hacia la modestia y las limitaciones de la condición humana, una limitación que no requiere una afirmación trágico-heroica, sino un reconocimiento cómico, no autenticidad Prometeica, sino una risible inautenticidad”.[10] En ese sentido, ésta tropa de Bartlebys y Sísifos eligen la resistencia y abrazan la condena del esfuerzo inútil. Hay un cinismo delicado en su esfuerzo: el encanto de lo inútil y lo prosaico.

**El texto es parte del catálogo de la exhibición Sísifo: el heroísmo del absurdo, co-curada con Tatiane Schilaro Santa Rosa.

 

[1] Giles Lipovetsky, Los tiempos hipermodernos (Barcelona: Anagrama, 2006), 60

[2] “Nuestra cultura está infinitamente acosada por mitos prometeicos que persiguen la superación de la condición humana, ya sea mediante la fantasía de la inteligencia artificial, los delirios contemporáneos acerca de la robótica, la clonación y la manipulación genética o simplemente a través de criogenia y la cirugía estética. Parece que tenemos una enorme dificultad para aceptar nuestras limitaciones, nuestra finitud, y este fracaso es la causa de muchas tragedias”. Simon Critchley, Infinitely Demanding(London: Verso, 2007), 1

[3] Boris Groys, “How to Do Time with Art”, in Francis Alÿs, A story of deception, edited by Mark Godfrey, Klaus Biesenbach and Kerryn Greenberg (London: Tate, 2010), 190, traducido

[4] Gilles Deleuze, “Bartleby, or The Formula”, 1989, in Failure, edited by Lisa Le Feuvre (Whitechapel Gallery and The MIT Press, 2010), 78, traducido.

[5] Joel Fisher, “Judgment and purpose”, 1997, in Failure, edited by Lisa Le Feuvre (Whitechapel Gallery and The MIT Press, 2010), 118

[6]   “Nada es más aterrador, y a la vez ridículo, que ver a un individuo condenado a realizar la misma acción una y otra vez. Pero la repetición, dice Deleuze, es también una especie de libertad sin su marco habitual y aquella insistencia permite puntualizar algo que no seríamos capaces de experimentar, una diferencia que no podríamos saborear en absoluto “.Brian Dillon, “Eternal Return”, 2003, in Failure, edited by Lisa Le Feuvre, (Whitechapel Gallery and The MIT Press, 2010), 123

[7] Critchley, Simon, Infinitely Demanding. Ethics of Commitment, Politics of Resistance (London: Verso, 2007), p. 45

[8] Alÿs Francis, citado por Grant Kester, en “Lessons in Futility: Francis Alÿs and the Legacy of May ’68”, Third Text, 23: 4, 407-420, traducido.

[9] Boris Groys, “How to Do Time with Art”, in Francis Alÿs, A story of deception, edited by Mark Godfrey, Klaus Biesenbach and Kerryn Greenberg (London: Tate, 2010), 191, traducido

[10] Simon Critchley, Infinitely Demanding (London: Verso, 2007), 82