La estética del fracaso 

“Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar.
Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez.
Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
Samuel Beckett

Aire de Dylan suma lo mejor de todos los mundos de Enrique Vila-Matas: una impulso deliberado hacia el vértigo del sinsentido, una manera hilarante de retorcer la realidad, la construcción de un narrador sin nombre que se confunde muchas veces con el mismo autor, los guiños a la meta-literatura  los homenajes a autores y un sutil aroma, perceptible tal vez sólo para lectores vilamatianos constantes, de las obsesiones recurrentes en su literatura. Es, además, una novela que respira por los linderos del teatro, por los de Hamlet, para ser precisa.

El libro se presentó en marzo, 2012. La foto es de Dayanita Singh (India, 1961)

Un congreso literario sobre el fracaso, en San Gallen (Suiza), es escenario del encuentro entre un escritor que ha decidido dejar de escribir y Vilnius -hijo del famoso escritor Juan Lancastre, fallecido hace poco-, que tiene como objetivo sumar acciones para su Archivo General del Fracaso y para eso, ha decidido dar una conferencia eterna y aburrida que pretende hacer que la sala se quede vacía. El tema es la complicada relación con su padre que siempre le atormentó por no ser exitoso como él y desde que murió, se ha colado en su mente, así como una versión del padre de Hamlet, entremezclando sus recuerdos e interrumpiendo su pensamiento. Desafortunada inquietud para el joven, que incluso entabla una relación amorosa con Débora la amante del fallecido Lancastre, y grata curiosidad para el escritor.
El encuentro entre los dos personajes, lo dijo Vila-Matas, se sostiene en una idea escrita por Baudelaire, poeta moderno in extremis: “En la extensa enumeración de los derechos del hombre que la sabiduría del siglo XIX reemprende frecuentemente con marcada satisfacción, hay dos puntos muy importantes que han sido olvidados, que son el derecho a contradecirse y el derecho a irse”. El escritor y Vilnius ejercen esos derechos. Uno posponiendo su decisión de dejar de escribir, para dedicarse a la autobiografía (sí, una autobiografía, que nunca se escribe) del difunto Lancastre; mientras que Vilnius y Débora claman para sí el derecho a irse. Su renuncia queda establecida en la sociedad que fundan: Aire de Dylan (referencia a Aire de París, una obra de Marcel Duchamp que guarda 50cc de aire parisino en una delicada cápsula de cristal), sociedad infraleve, abocada a no hacer nada: tener una idea por día y no cumplirla nunca, fracasar.
En ese fracaso Vila-Matas abre un sendero hacia la liberación. Ante el vértigo de un presente que demanda metas cumplidas, tiempos optimizados y triunfos, permitirse fallar es un gesto de resistencia, una barricada contra la trascendencia. Ese pulso encuentra sus raíces en el “prefería no hacerlo” de Bartleby -el escribiente de Herman Melville-, y en todos aquellos escritores que dejaron de escribir, a quienes Vila-Matas reúne en Bartleby y Compañía (2000). Guarda también una conexión con la genealogía de los shandys, esos personajes delirantes que Vila-Matas describió en su Historia Abreviada de la Literatura Portátil (1985). En Vilnius y Débora hay, además, una deliberada vocación por imitar la vida de Oblómov, el indolente personaje de Iván Goncharov, que, incapaz de animarse a hacer nada, adora encogerse de hombros y bostezar. Además, Javier Avilés, en su blog El Lamento de Portnoy, recuerda que Vila-Matas ha mencionado en varias ocasiones que hay una conexión entre esta novela y La verdadera vida de Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov.

Vila-Matas en McNally Jackson Bookstore (Octubre 2012, NYC). Aunque presentó un libro parisino, firmó mi copia de Aire de Dylan.

Vila-Matas organiza su novela como un teatro, en el cual Vilnius y Débora interpretan un guión absurdo y provocador. El ovillo que desenredan confunde realidad con ficción. La voz de Juan Lancastre retumba en la mente de Vilnius clamando venganza; mientras él, elegido por los fanáticos de su padre para hablar sobre su figura, no es capaz de ayudarles a adorar un mito. Lo contrario, Vilnius inventa memorias, procura demoler la figura paterna y, desde el fracaso, redimirse y exiliarse.
El de Vilnius es un intento por clamar autenticidad, pues como si no fuera suficiente con haber vivido a la sombra de un padre exitoso y admirado, su rostro tampoco le permite ser original: es igual al de Bob Dylan. Vilnius es un personaje que se construye en función del teatro, su propio teatro del absurdo, niega todo, es histriónico, se adorna con gestos y salidas afectadas. En ese enfrentamiento padre-hijo hay también un cortocircuito generacional, que se ensambla como una crítica a la impavidez de la cultura contemporánea y refleja el  desencanto de una generación que se sabe perdida y prefiere no actuar, que no heredó el ímpetu de su antecesora que, en la acera opuesta, buscó formas de reinventarse.
Hasta para fracasar hay que tener el listón bien alto. Vilnius y Débora lo saben. En su intento por atentar contra la figura de Lancastre, se enfrentan a la maldad extrema de su viuda, a las mentiras de un amigo que resultó ser un traidor, nada es como ellos imaginaron. Su candidez, adornada por un impulso de rechazo a la realidad,  parece un retorno a algunos personajes vilamatianos (esos que habitan en Hijos sin hijos, Suicidios ejemplares, Exploradores del Abismo), como si el autor estuviera creando un diálogo con su pasado, con el lenguaje y estilo que caracteriza su presente. Si en la novela anterior, Dublinesca, el narrador partió en busca de sí mismo a Dublin, en Aire de Dylan,Vila-Matas vuelve a su escenario habitual, a Barcelona, como en una especie de reconocimiento a su nuevo barrio.
En una trama que por momentos es inverosímil, donde ficción y realidad comulgan en la misma esfera, hay una digresión hilarante que cuestiona la autenticidad del arte, la identidad que se construye a la luz de las generaciones y las obras anteriores, la posibilidad rechazar los imperativos sociales y recrear la vida como un teatro. Igual que siempre ocurre con Vila-Matas, el exilio de lo real es la única salida.