Algo así como el amor

No hacen falta explicaciones ni motivos claros. Las historias no se completan. Los teléfonos suenan, pero no se contestan, las conversaciones quedan inconclusas y los mensajes de voz no reciben respuesta. Los silencios son más elocuentes que las palabras. En Like someone in love, Abbas Kiarostami arma un engranaje delicado, un cristal que siempre está a punto de romperse.

Apenas se inicia el filme, se escucha a una mujer discutir por teléfono. La cámara entra a un restaurante, pero no se sabe quien habla, hasta que se enfoca a Akiko (Rin Takanashi). Es hermosa y sus palabras son tan confusas como su rostro con gesto de niña cansada con problemas de adulta. Es una call girl que tiene un examen al día siguiente y no quiere ir a una cita, tampoco dar más explicaciones a su novio Noriaki (Ryo Kase) y aunque quisiera ver a su abuela —que está en Tokio sólo un día y ha dejado siete mensajes extremadamente dulces es su buzón de voz—, no puede hacerlo.
El ritmo del filme es extremadamente lento, el tiempo parece suspenderse, aunque en menos de 24 horas -y sin acciones radicales- las vidas de sus tres personajes se transforman. El hombre que espera a Akiko no es un cliente común, Takashi (Tadashi Okuno) es un anciano profesor de sociología que se dedica a hacer traducciones y frente a él, Akiko no asume el rol de prostituta y su estrategia de seducción es torpe, le vence la actitud de una niña que ha encontrado a su abuelo. Él no quiere sexo, sólo compañía. Su encuentro es perfecto: él necesita cuidar y ella a alguien que la cuide. Algo así como el amor.
Muchas de las escenas de esta historia trascurren dentro del auto de Takashi, un Volvo que usa para llevar a Akiko a su examen en la universidad. Noriaki sospecha del oficio de su novia, se enfurece, sufre y en un arrebato, se instala en el auto y asume que Takashi es el abuelo de Akiko. Nadie le contradice, tampoco hay mentiras en la conversación en la cual confiesa querer casarse con ella para que no pueda darle más respuestas esquivas. A lo cual el anciano responde: “When you know you may be lied to, it’s best not to ask questions. That’s what we learn from experience”. La entrada en escena de Noriko destruye el frágil ecosistema de Akiko y Takashi. La calamidad está en el aire y ese ambiente delicado y contenido, hay un rapto de emociones telúricas.
Kiarostami ensambla una cinta intimista, con escenas pictóricas y fondo de jazz. La historia empieza antes de que el filme inicie y termina después de que aparecen los créditos. En lo no dicho y las escenas no mostradas radica el poder de esta cinta, que es una reflexión sobre la soledad, la desconexión entre las personas y la posibilidad de refugiarse en el otro, aunque todos los cristales puedan estallar. En esa fragilidad se guardan también temores oscuros, el miedo, la sumisión, la aceptación del destino, el vértigo.
La imposibilidad de comunicarse no es sólo un elemento de la historia, sino también una anécdota de la filmación: Kiarostami no habla japonés y la cinta está en ese idioma. La distancia del director marca el pulso de una relación que se da más allá de las palabras (siempre pasa algo más allá de las palabras), en el lenguaje del cuerpo. Abruptamente como empieza, esta historia termina como un rompecabezas inconcluso, como un golpe de impotencia.