Estallar

Ori Gersht (Tel Aviv, 1967) trabaja con las heridas de la historia. Su obra es un maridaje entre violencia y belleza. Sus fotos y videos se nutren de la pintura: se apropian de la luz de Caravaggio, de la atmósfera de los paisajes del siglo XIX, de las naturalezas muertas del siglo XVII.
Pero esa celebración de la belleza no sólo guarda conexiones con la historia del arte, sino también con la de la guerra. Gersht suspende sus obras en el instante previo al caos, en ese silencio que antecede a lo grotesco. Esa ecuación de hermosura y brutalidad produce un desplazamiento radical fuera de las zonas de confort. El recorrido de Gersht es un peregrinaje por sitios cargados de drama: de Auschwitz a Hiroshima y a Sarajevo. Pero su trabajo logra abstraer esos escenarios de su contexto local y convertirlos en metáforas de un dolor universal. Encontré su obra en Boston, en el Museum of Fine Arts, en una exhibición que llevaba por nombre Ori Gersht: History Repeating. El nombre no podía ser más acertado, pues la obra de Gersht recuerda cómo la historia es un ciclo de heridas que se replican, sin importar tiempo ni lugar.
Evaders (2009) es una serie de fotografías tomadas en los Pirineos, en la frontera entre Francia y España. La elección del lugar no es inocente: durante la Segunda Guerra Mundial muchos huyeron de la persecución nazi por esa ruta y uno de ellos fue Walter Benjamin, que huía desde Alemania.

Ori Gersht, Evaders, Wreckage, 2009 (Foto impresa sobre aluminio, 62 x 194)

Ori Gersht, Evaders, Wreckage, 2009 (Foto impresa sobre aluminio, 62 x 194)

La serie es un homenaje a la memoria intelectual, a la razón perdida, pero la elección del personaje no es gratuita: fue Benjamin quien alertó sobre el uso de la propaganda fascista para controlar a la sociedad de masas. También fue Benjamin quien al ver el Angelus Novus de Paul Klee descubrió el rostro desencajado del ángel de la Historia y escribió que éste fue incapaz de detener el tiempo y cesar la ruina, pues “una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas… Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cuelo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso”. Benjamin vio venir un cataclismo, pero fue muy tarde cuando trató de escapar. Se suicidó en Portbou, al encontrar la frontera de España cerrada. Ori Gersht recoge sus pasos con una estética que recurre al romanticismo alemán, con una clara referencia a los paisajes de Caspar David Friedrich, y en esos paisajes cargados de neblina y colores fríos, se revive la herida de la historia, el trauma que deja no sólo la memoria del fascismo, sino la de otros tantos regímenes que, ciegos de poder, persiguen a quien no comulga con ellos, como ocurrió en el siglo XX, como ocurre ahora.

Esa misma estela de decadencia y nostalgia se repite en otras series, que pertenecen a un conjunto de obras técnicamente más complejas, donde la poética de la violencia se resume en la explosión de naturalezas muertas. Estalla el canon de la historia del arte, pero también la mirada pasiva. Blow up es una réplica de un exquisito jarrón lleno de flores del francés Henri Fantin-Latour, contemporáneo de los impresionistas, pero siempre apegado al realismo. Gersht y su equipo recrean el bouquet de flores, lo bañan con nitrógeno líquido para que se cristalice y hacen que estalle, mientras cerca de una docena de cámaras toma fotos a una velocidad de 1600 cuadros por segundo*. La imagen en movimiento se congela, entre una niebla vaporosa y pedazos de pétalos que vuelan por el aire. En slow motion, la vista logra ver algo casi imperceptible, la naturaleza muerta está más muerta que nunca, reducida a afilados fragmentos, que parecen hablar de la fragilidad de la vida, también de la belleza aterradora del caos. Un bodegón pretende conservar para siempre la pureza de los objetos, pero Gersht los revienta, en un gesto que recuerda a las explosiones de los atentados, irrupciones en lo cotidiano. En la serie de fotografías hay un aura de descomposición y desconcierto, son tan inquietantes como frágiles y bellas.
Pomegranate es un ejercicio similar, pero el medio es el video. A simple vista, la imagen combina una  naturaleza muerta de Juan Sánchez Cotán y una foto de Harold Edgerton, pero basta detenerse unos segundos frente al cuadro para escuchar un zumbido y ver cómo desaparece la calma. Pomegranate: granada. Nombre de fruta y nombre de arma. El símil no llega por azar, es otro guiño a la violencia. La fruta estalla y su carne roja satura la escena, en un gesto sensual, donde el placer sólo puede ser perverso.

En la obra de Gersht  se esconde la poética de la destrucción. Su estética exquisita, construida con códigos sobrios, explota bajo la presión del trauma. Los medios contemporáneos parecen enfrentarse al canon del arte moderno, en un choque de tiempos y culturas, desafían las pretensiones de civilización y progreso, para recordar que las heridas de la memoria nunca se cierran y que la historia siempre se repite.

 

* En este video se puede ver cómo se hicieron las fotografías de la serie Blow up: