La mirada de Abramović

Esta es una historia dividida en tres momentos. Empieza en Mayo del 2010, en la primera retrospectiva de performance del MoMA: Marina Abramović: The Artist is Present (14 de marzo – 31 de mayo). Durante 77 días, por siete horas diarias, Marina Abramović (Yugoslavia, 1946) estuvo sentada en el Marron Atrium, frente a ella había una silla disponible, para quien quisiera sentarse. Abramović, vestida con una túnica pesada y sencilla, esperaba con la vista baja y apenas alguien se sentaba alzaba la mirada y la clavaba en los ojos de su interlocutor en silencio, en un acto extremadamente íntimo, pese a estar rodeados de centenares de personas, poderoso, pese a ser un gesto tan sencillo.

En esos tres meses, 750 000 personas se sentaron delante de Abramović (para estar ahí muchos hicieron fila por horas o amanecieron en las puertas del museo) y las salas estaban atestadas de gente. El ruido que hacían al pasar o los gritos que provenían de los videos no interferían en el performance, el Marron Atrium iluminado con reflectores era una burbuja sin paredes, el espacio de un encuentro íntimo, casi incomprensible, conmovedor hasta las lágrimas. Es la misma Marina Abramović que en en 1969, en Nápoles, se prestó para que durante seis horas la audiencia haga lo que quiera con ella, utilizando 72 objetos (pintura, navajas, alcohol, cadenas, labiales, una bala, una pistola). También la misma que en 1997, en la Bienal de Venecia, hizo Balkan Barroque, un performance de 4 días, en los cuales limpió la carne de 1500 huesos de vaca, en un calor infernal, rodeada de moscos y un olor nauseabundo. Abramović, hija de revolucionarios yugoslavos, es de una casta poco común, su tenacidad corta el aliento. Desafió su propia vida, llevó su cuerpo a extremos de agotamiento y dolor. Diluyó los límites entre vida y obra, un ejemplo de eso es su relación con Ulay (estuvieron juntos 12 años, los dos nacieron el 30 de noviembre, con pocos años de diferencia y se conocieron el 30 de noviembre de 1975). Cuando decidieron terminar -luego de crear obras juntos, vivir como nómadas- emprendieron una caminata por la Muralla China, se encontraron en la mitad y se separaron casi para siempre. Una experiencia mística y tenaz, para una relación impulsada por esas cualidades.
En junio del 2012 se estrenó en Nueva York el documental Marina Abramović: The Artist is Present, dirigido por Matthew Akers y Jeff Dupre. Este es un segundo momento que muestra el proceso de creación del performance, una aproximación a la intimidad de Abramović  El tercer momento es el lanzamiento del libro de Marco Annelli, un fotógrafo italiano que retrato a todas las personas que se sentaron frente a Abramović (aquí hay una pequeña colección de esas imágenes: http://marinaabramovicmademecry.tumblr.com/). El libro y el filme, entre cientos de detalles, revelan el efecto Abramović: las lágrimas. De esta artista se ha escrito mucho y demasiado bien (Arthur C. Danto, Amelia Jones, Thomas McEvilley, por mencionar unos pocos) y este breve texto es sólo una reflexión sencilla sobre ese efecto lacrimógeno.
El síndrome de Stendhal es un mal romántico: la exposición a obras de arte extremadamente bellas produce desvanecimientos, taquicardia, vértigo… Abramović recuerda un poco a ese síndrome, pero la experiencia que produce es radicalmente emotiva. Su mirada era la de una enamorada que se entrega con intensidad y sin límites, quien la recibía no podía sino desarmarse. Para enfrentarse a la mirada del otro es común que el individuo lleve una máscara, pero hay miradas -como la de Abramović- que traspasan y diluyen las barricadas. Los momentos con la artista quizá no eran enfrentamientos con ella, sino con uno mismo, con la fragilidad y, posiblemente, con el bienestar que produce estar frente a alguien sin camuflajes.