Pina: la memoria del cuerpo

Pina o la posibilidad de romperse el alma. Pina o la posibilidad de reconstruirse. Pina y la danza, que en el fondo son lo mismo. Pina Bausch murió en el 2009, cinco días después de recibir la noticia de un cáncer que le carcomía por dentro. No hubo tiempo para despedidas, días de reparación de daños y repensar la vida. Tal vez a Pina, bailarina y coreógrafa, no le hacía falta, porque su vida sigue latiendo en otros cuerpos, pues su obra es un faro que marca una de las rutas de la danza contemporánea.
El 3D a veces suena a artificio para superhéroes y ciencia ficción, pero, en 100 minutos, Wim Wenders lo convierte en una herramienta delicadísima y el resultado no es una película documental de danza. A través del manejo de los planos y el 3D, se construyen dos obras: film y danza. Wenders, amigo cercano de Pina, honra su vida mediante la memoria de los bailarines del Tanztheater Wuppertal, que dirigió desde 1973. Quienes la sobreviven llevan grabado en su cuerpo el ADN de Pina, sus movimientos, su manera de enfrentar los procesos creativos. Wenders activa su recuerdo con un collage que intercala fragmentos de coreografías y primeros planos de los bailarines, que rememoran su vida con palabras, con  una sonrisa o un silencioso correr de lágrimas.
Pina nació en 1940, cerca de Düsseldorf, en 1955 empezó a estudiar ballet con Kurt Joos. A su generación le tocó la tarea de responder a la pregunta de Theodor W. Adorno, sobre si era posible hacer poesía después de Auschwitz. Ese cuestionamiento impuso una reflexión sobre cómo representar aquello tan terrible, que es imposible de ser representado, cómo recuperarse del horror, cómo asumir la brutalidad del Holocausto y  seguir creando y seguir viviendo. El neoexpresionismo es una respuesta y el mismo impulso que genera la pintura de Anselm Kieffer o Gerhard Richter, desemboca también en la danza teatro de Pina Bausch.
“Tanz, tanz, sondt sind wir verloren”. Baila, baila que de otra forma estaremos perdidos, una frase clave para entrar en la dimensión Bausch, hecha de asaltos emocionales, búsquedas violentas, tristezas profundas, amores sentidos, arrebatos lúdicos o del descanso de encontrar abrigo en el otro. Café Müller (1978) es quizá su obra más famosa (interpretó un fragmento para Hable con ella, de Almodóvar), una visión desoladora que se recrea en un café de clase media, como aquel que regentaban los padres de Pina. Una mujer camina con los ojos cerrados y un hombre delante de ella mueve las sillas para que que no tropiece. Otra pareja se estampa en turnos contra una pared. Una mujer cae al suelo, un hombre la levanta y le acomoda en los brazos de otro hombre, que la deja caer. Esa acción se repite dolorosamente, en una suerte de retrato de una sociedad que necesita abrazarse y no puede, que necesita abrir los ojos para dejar de golpearse y no lo hace.
De la interpretación entre las mesas del café, a un baile seductor en una esquina de Wuppertal, a un juego casi infantil en el tren aéreo, a un momento intimista en un túnel subterráneo, a una casa de cristal, al bosque en otoño. Cada coreografía es un acto de entrega, es una revelación sobre Pina y sobre la pasión que mueve a su compañía. Conmueve profundamente sentir cuán llenos están de Pina y cierto aire de orfandad. Son decenas y son diversos en origen y edad, la danza se convierte en un lenguaje único, el cuerpo en movimiento activando emociones y contando historias. Está aquel enfrentamiento entre hombres y mujeres, una danza casi tribal y desafiante, la fuerza de ellos y el temor de ellas al tener que entregarse. El agua es un elemento recurrente, un constante devenir que marca el fluir del tiempo, una fuerza inasible.
Una caravana de bailarines en fila india aparece y desaparece de la pantalla, avanzan por montañas y costas, repiten un juego de movimiento con los brazos. Pina solía decir que no le interesaba cómo la gente se mueve, sino qué les mueve. Trabajar con ella implicaba el ejercicio brutal de ver hacia adentro, de hurgar en uno mismo y hacer del cuerpo herramienta de creación. Sus bailarines sólo tienen palabras nobles para ella, el recuerdo de una presencia delicada y poderosa. Este es un biopic sin datos biográficos, la Pina de Wenders es aquella que se construye desde la mente de quienes aprendieron con ella, es el perfil artístico de una vida que no se entiende sin la danza, pues entre la obra y la misma Pina había sólo una línea divisoria tan delgada que parece ser invisible.